Cuando asumieron el poder los democristianos, en 1964, anunciaron a los cuatro vientos que estarían 30 años en el gobierno y que cambiarían el país de lado a lado.
Seis años después, en la elección presidencial siguiente, estuvieron a la cola de las preferencias y, temiendo pasarse demasiado tiempo alejados del control de la nación, maniobraron para instalar en el gobierno a una minoría simpatizante de la dictadura cubana.
Claro, sabían que ese grupo no podría sino agravar la situación en la que ellos dejaron el país y que si, por el contrario, permitían la libre expresión democrática, la vencedora sería la derecha, que iba a gobernar enmendado sus mil errores mandándoles a donde de verdad pertenecen: el basurero de la historia.
Ni siquiera vale la pena preguntarse qué quedó del gobierno de los castristas como aporte a nuestro desarrollo o que al menos valga la pena recordar. No podían dejar más que lo que dejó la democracia cristiana: NADA, absolutamente nada.
