Hace años asistí a una conferencia programada para un experto norteamericano en un campus de mi universidad, aquí en Santiago. Aunque ya ni recuerdo el tema, estuve entre los muchos interesados que llenamos las graderías de un aula grande.
Cuando el conferencista se aprestaba a iniciar su trabajo, desde varios lugares en el hemiciclo se levantaron alumnos de izquierda protestando por la presencia del "enviado yanqui", reclamando airadamente y sin omitir que era un "negro" despreciado en su patria que aquí pretendía adoctrinarnos.
Estupefactos, la mayoría no sabíamos qué era lo malo que habría hecho o que pretendía hacer Bertrand Millhouse (recuerdo bien su nombre, ya entenderán por qué) y a ninguno se nos ocurrió salir en su defensa ni impedir que se suspendiera la conferencia, arreados por los poquísimos pero agresivos manifestantes.
Descontento con mi pasividad, acompañé al humillado conferencista hasta la micro y nos fuimos juntos hacia el centro de la ciudad. Allí me enteré que él era auspiciado por el Cuerpo de Paz, un organismo que promovía los valores de la visión gringa de la democracia y que, por ello, era visto como enemigo por los comunistas.
Varias lecciones recogí de esa experiencia, pero la que desde entonces he visto repetida hasta la saciedad es la de la manipulación socialista de los grupos, de las instituciones y, por supuesto, de las elecciones.