Abrigué la esperanza de ver a un nuevo presidente Piñera emergiendo de su retiro reflexivo en la Isla de Pascua, pero creo que soy un iluso sin remedio.
Pese a una gestión administrativa impecable, el gravísimo error de don Sebastián fue imponer una agenda política cocinada entre los pocos incondicionales de su entorno (1), traicionando las expectativas de la enorme masa de chilenos que le instaló en La Moneda.
Con ello, al incondicional odio de los moros, sumó el rechazo de los cristianos y vista la debacle eleccionaria pasada que dejó en evidencia el enorme déficit de manejo político, parecía que había llegado el momento de enmendar.
Pero, de nuevo, nos equivocamos.