La debilidad frente a la expresión del violentismo, tolerando la actuación fuera de la ley, trae graves consecuencias. Las vacilaciones para rechazar en el discurso y en la acción a quienes recurren a la violencia pasan la cuenta de inmediato. Eso hemos visto en la primera mitad del gobierno de Sebastián Piñera y el balance, lejos de contentar a los falsos defensores de los derechos humanos les alienta a extremar su conducta.